- Cariño, ¿Por qué no compramos un castillo para vivir como reyes?

+ No, mejor compramos un manicomio y follamos como locos.

miércoles, 5 de agosto de 2015

El principio del fin

Ha pasado ya un año desde que regresé a casa, a mi querida Ítaca, tras diez largos años de viaje. Cuando terminó la guerra de Troya creí que mi viaje llegaría a su fin, cuán equivocado estaba, pues sólo sería el principio de mi final. Cada vez que le veo se me encoge tristemente el corazón. Le añoré tanto en todo este tiempo, que me parece increíble que fuera capaz de cometer aquellas atrocidades.

Me enamoré perdidamente de Penélope nada más verla. Era tan hermosa que no tenía nada que envidiar a Afrodita. Solía observarla todas las tardes sin que ella se diera cuenta. Le quería, no sabía cómo pero realmente le quería. Finalmente conseguí conquistarla y, una vez casados, tuvimos a nuestro querido hijo Telemaco. A pesar de querer quedarme a su lado, tuve que partir hacia Troya para defender mi honor y el de mis compañeros. No me parecía moralmente correcto lo que hizo el joven Paris, no sólo raptar a la mujer de Menelao, sino provocar con ello un conflicto aún mayor. Pese a todo, conseguimos engañar a los troyanos con la treta del caballo de madera. Los muy ilusos creyeron que nos habíamos rendido y que ofrecíamos una tregua por medio de dicho regalo. Pobrecitos, ojalá no hubieran abierto la puerta que les llevó directamente a la muerte. Una vez obtenida la victoria, emprendí mi viaje de vuelta a casa. Nunca pensé que me costaría tanto llegar, pues en principio era un camino corto y sencillo. Soy consciente que los dioses no estaban de mi lado y me castigaron vilmente por todas las atrocidades que cometí en la guerra, ignorando que así cometería otras aún mayores. Sí, esas que hacen llorar al alma.

Todo comenzó cuando Circe convirtió a todos mis compañeros en animales. Había oído hablar de ella, aunque nunca me creí los rumores que decían que era una gran hechicera. Sin embargo, yo mismo pude observarlo con mis propios ojos. Al principio no quiso convertirlos de nuevo en humanos, por lo que intenté seducirla para llevarla a mi terreno. No diré que me enamoré de ella, ya que a mi mente siempre acudía mi amada Penélope, pero sí me dejé llevar por los placeres terrenales. Esta no fue la única vez que sucedió, la historia volvió a repetirse cuando conocí a Calipso. Al naufragar mi barco y quedarme solo a la deriva, busqué amparo en la isla de Ogigia. Allí me encontré con Calipso, quién era realmente bella. Para mí fueron unos siete días los que pasé en aquel lugar, poco después me di cuenta que en realidad había estado siete años. En esos años volví a sucumbir al deseo carnal. Me entregué por completo y dejé que ella se enamora de mí como una chiquilla. Era atenta conmigo, me agasajaba constantemente con comidas y con su propio lecho. El desencadénate que me hizo despertar de aquel sueño fue que tuviéramos dos  hijos juntos. Ahí fue cuando me acordé de mi familia. Rogué a los dioses que me dejaran regresar a casa y darles una explicación, tenía que ser sincero. Atenea pareció oír mis lamentos y le pidió a Zeus que interfiriera con Calipso para que me dejara irme. Accedió a regañadientes, aunque me proporcionó todos los utensilios necesarios para poder construir mi propia barca, por muy primitiva que fuera.


Al llegar a Ítaca tuve que ocultarme para no levantar las sospechas de los pretendientes de mi mujer. Atenea y mi hijo Telemaco me ayudaron sin pedir nada a cambio, ambos deseaban que por fin fuera el rey de mi vida.  Conseguí engañarlos a todos y vengarme. A decir verdad, sé que mi mujer me respetó sin dudar ni un momento, pero el sólo hecho de que otro hombre podría haber yacido con ella hace que me hierva la sangre. Es muy egoísta lo que digo, pero mi mujer es mía y no de nadie más. Ella fue la que por propia voluntad se entregó a mí. Sé que soy un monstruo, que hace tiempo que perdí los sentimientos propios de un humano. Incluso no me queda ni un pequeño resquicio de ellos. Me miro al espejo y no reconozco la persona que hay ante mis ojos. No sólo puedo ver mi rostro deformado por el paso de los años, sino que veo mi alma. Está apagada y es horriblemente fea. Me temo que no puedo aguantar más este sufrimiento, por lo que le dejaré una nota a Penélope en nuestro lecho. Siento que sólo una soga podrá calmar la culpabilidad que recorre todo mi ser. He vivido tantos años llenos de felicidad, que unos pocos pueden menguarme al más mísero detalle. Ojalá jamás le hubiera sido infiel a mi mujer ni hubiera partido a aquel dichoso lugar. Sólo espero que si algún día ella o mi hijo encuentran este escrito sepan comprender los motivos por los cuales tuve que dejarles, no sólo una vez, sino dos. Es hora de que parta hacia mi destino y deje a los dioses que juzguen mi nuevo comienzo, aunque así mismo sea en el Hades. 

Carta a la verdad

Durante años, incluso siglos, he tenido que aguantar toda clase de calumnias. Han opinado sin saber, incluso con teorías tan disparatadas que más que ser víctima me convertí en verdugo. Mi marido, por el contrario, fue perdonado y adorado como si de un dios se tratase. Qué iluso, se creía el rey del universo cuando en verdad no era ni el rey de nuestro hogar.

Todo comenzó con una pequeña mentira. Solía decirme que tenía cenas de trabajo y que después era necesario que asistiera a fiestas por compromisos con sus clientes. En parte era verdad, sólo en parte. Los compromisos no eran con sus clientes, sino con las mujeres de estos, a quiénes engañaba disfrazándose de distintos animales. Le daba igual vestirse de cisne, de toro o de sátiro, más que pasar vergüenza le llegaba a dar morbo. Seguramente pensó que de esta manera sería más fácil ocultármelo. A todo esto se sumaron sus continuas borracheras. Varias veces he tenido que arrebatarle la copa de las manos porque en pleno frenesí afirmaba beberse el néctar divino. Divina era la cogorza con la que solía recibirme cada madrugada. Jamás se me olvidará el día que uno de sus amigotes le dio un hachazo en la cabeza porque creía estar embarazado. Tantas infidelidades y tan poca cordura le llevó a la locura, incluso le puso nombre a aquella hija imaginaria. Atenea le llamó. Es más, juraba que aquella pequeña mujer nació armada de su cabeza. Siempre he creído que era un alter – ego que le ayudaba a convencerse que sus pecados sólo eran medias verdades llevaderas.

Mas aquí no se queda la cosa. En una ocasión apostó con un vecino que podría despedazar a una res quedándose con la mejor parte del animal. Sin embargo, el vecino fue más listo y le otorgó los restos. Entró en tanta cólera que le llevó al monte más alto y le encadenó a una piedra. Como si de un niño se tratase, iba cada mañana disfrazado de águila para asustarle y darle pequeños golpes en el costado, justo a la altura del hígado. Con el tiempo el enfado se convirtió en su pasatiempo preferido. Sólo le liberó de tal calvario cuando le confesó que una mujer trataba de arruinarle quedándose embarazada a propósito, hecho que le recordó que él fue quién arruinó a su propio padre. Hace poco me enteré que uno de sus hijos putativos es igual que él. Acostumbra a rodearse de mujeres que le llevan al vicio y la locura. Todos sus asuntos los arregla por medio de la bebida. Otro que se cree dios sin serlo. A diferencia de mi marido, su hijo está convencido de que podrá emprender una carrera hacia Oriente para conquistarlo.

Por último, te contaré lo que más me llamó la atención. Nunca le dije a nadie que solía acercarse a un joven del pueblo. Con engaños le convenció para que viviera con nosotros, pese a ser un despropósito. El niño me producía tanta ternura como celos, ambos por igual. Pese a ello, conseguí perdonarle y pasarlo por alto, aún sabiendo el error que cometía. Esto sólo fue el principio de la gota que colmó el vaso, tiempo después fue en busca de un pariente del niño para imponerle otra de sus locuras. Quería que juzgara a dos de sus amiguitas junto a mí a ver quién de todas era la más bella. Accedí porque aunque me haga daño le quiero, pero no salí ganadora del reto. El premio era solamente una manzana, la cual hubiera aceptado con tal de que me la diera él.

Espero que tengas en cuenta todo lo que te he contado y me ayudes a contarle al mundo la verdad. Estoy harta de que mi marido esté tan valorado y que yo sea siempre vista como la mujer celosa que no tiene motivo alguno. Incluso le perdoné que escondiera a una de sus amantes en Egipto, a la cual previamente conseguí disfrazar de ternera para que se diera cuenta de quién mandaba. Sé que me verás vengativa, pero solo soy una mujer que lucha por ser valorada. Ojalá esas mujeres con las que me engañó fueran tan valientes para negarle lo que él quiere. Muchas veces nosotras mismas somos nuestras propias enemigas, puesto que si no nos ayudamos unas a otras quién podría hacerlo.


Hera

Nada es lo que parece

El pequeño león solía esconderse detrás de los árboles cuando veía que el resto de leones volvían a casa. Intentaba no ser visto y los observaba durante horas para así después poder imitarlos. Trataba de rugir como ellos, aunque de su boca no salía ni un simple suspiro. Lo trataba una y otra vez sin obtener ningún resultado. Sus padres le veían tan preocupado y desanimado que le daban ánimos diciéndole que cuando fuera más mayor conseguiría ser tan fiero como los demás.

Un día, el pequeño león se adentró en la selva. Allí se encontró con un mono que le miraba fijamente desde una rama. Al momento comenzó a rugirle como si no hubiera un mañana, tal y como había visto hacer tantas veces. El mono no pudo aguantarse la risa y dijo:

-          Pequeñín, si más que un león pareces un lindo gatito.

-          ¿A ti también te lo parezco? – dijo el pequeño león decepcionado.

-          Para rugir como una gran bestia antes necesitas crecer, pero dime, ¿Por qué quieres ser como los demás?

-          No sé… El resto de leones se hacen respetar, son los animales más temidos de la selva. Yo, sin embargo, ni siquiera te asusto a ti.

-          Te diré una cosa, no es respeto lo que obtienen los de tu especie, sino temor. Se imponen al resto sin importarles lo que éstos piensen. Incluso acaban con la vida de muchos. ¿Acaso quieres ser eso, una bestia salvaje más? – preguntó el mono intentándole hacer ver la realidad.

-          Tienes razón, no sabía que los monos fueran tan sabios. Quizá debería parecerme a ti.

-          No, sólo debes ser tú mismo, no quieras ser como nadie. Déjate guiar por lo que tienes dentro de ti y no lo que ves a tu alrededor.


Así fue como el pequeño león se convirtió con el tiempo en el único león respetado por sus grandes logros y no por sus viles castigos. Conservó la amistad con el mono, quién le ayudaba a reinar sobre el resto de animales. Finalmente se dio cuenta que cada uno debe perseguir sus propios sueños y obtenerlos siendo uno mismo, teniendo una personalidad formada. El tiempo pone todo en su lugar y aclara las dudas que pensábamos que jamás podrían ser resueltas. 

El ejército del sol

Mi abuelo todas las noches me contaba siempre el mismo cuento antes de irme a dormir. Puede parecer repetitivo, pero la historia de aquellos soldados y de ese gran hombre me hizo ser la persona que hoy en día soy. Tengo tanto que agradecerle a mi abuelo que este es mi pequeño homenaje, aunque ya no esté a mi lado siempre recordaré sus palabras:

Un hombre es el producto de todos sus actos. La vida es perecedera, por lo que tienes que exprimirla al máximo y beber de ella como si fuera tu último sorbo. Te recordarán por todo el legado que dejes, ya sea material o sentimental.
  • Abuelo, no entiendo. ¿Pero yo no podré disfrutar eternamente de los logros que consiga cuando sea mayor? – pregunté inocentemente.
  • Claro que sí, cariño, pero llegará el día en que tengas que partir y no podrás llevarte nada contigo.
  •  ¿Por qué? ¿A dónde tendré que irme? ¿Y si yo no quiero, abuelo?
  • Tendrás que irte porque si tú no te vas otros no podrán venir. Así es el proceso de la vida. Vivimos unos pocos años para ser recordados eternamente. No quiero que te preocupes ahora de esto, puesto que en verdad eres inmortal – trataba de explicarme mi abuelo con calma, pues tan solo tenía diez años.
  • Mmm… Pero antes dijiste que algún día tendría que irme y ahora me dices que soy inmortal. ¿Cómo es eso posible?
  • Siempre que alguien te recuerde, sobre todo un corazón vivaz y valiente, vivirás dentro de él. Para que lo entiendas mejor te contaré la historia del ejército del sol.

Hace años, muchísimos años, había un ejército macedonio muy poderoso capitaneado por el rey Alejandro Magno, hijo de Filipo II. Las malas lenguas dicen que éste no era su verdadero padre, sino Nectanebo, quién engaño a su madre disfrazándose del dios Amón para poder yacer con ella y así concebir un heredero al trono. El poder de este rey llegó hasta tal punto que en sus treinta y dos años de vida guerreó durante doce venciendo en todas sus batallas. Es más, sometió a veintidós pueblos bárbaros y a catorce poblaciones griegas e incluso fundó doce ciudades, las cuales eran conocidas como Alejandría. Más no nos desviemos de la historia.

Alejandro Magno emprendió una gran aventura por las Indias junto a su ejército poco antes de morir. Venció al rey de los persas Darío cerca del río Ganges, al que saqueó innumerables riquezas. No sólo le bastó dicha victoria, sino que también trató de vencer al rey Poro en Fasiáke. Allí, en las Puertas Caspias pudo admirar con gran asombro todas las riquezas que escondía el rey en sus dominios. Hasta tal punto llegaba la ostentación que incluso las columnas estaban recubiertas de oro puro al igual que las paredes. Una vez obtenida de nuevo la victoria, se apoderó de todos los tesoros que allí había. Es más, mandó forrar las armas de su ejército con oro puro, haciéndolos brillar tanto o más que el sol. Por desgracia, no pudieron llevar consigo todo, eso sólo sería un impedimento a la hora de luchar contra los enemigos por el gran peso que tendrían que soportar sobre sus hombros. Tuvieron que partir en busca del rey Poro que había huido despavorido después del saqueo. Por ello pidió la ayuda de varios guías indígenas para no caer en ninguna trampa típica de la selva. En verdad, los guías no les ayudaron porque tuvieron que enfrentarse a animales tan fieros como serpientes de dos y tres cabezas, elefantes con tres cuernos, cuervos de gran tamaño o hipopótamos gigantes. Al final, mandó romperles los huesos pero de tal manera que les pudiera mantener con vida para ser devorados después por las bestias.

Encontró al rey Poro asentado en un campamento e hizo lo mismo para poder controlarle. El rey parecía querer la paz, por lo que todos los días le preguntaba al ejército qué solía hacer Alejandro Magno. Un día, éste decidió infiltrarse entre sus enemigos y casualmente se encontró con Poro, quién le preguntó por Alejandro nuevamente. El propio Alejandro disfrazado se burló de sí mismo haciéndole creer que era un viejo que no podría superar muchas más batallas. Finalmente llegaron a un acuerdo de paz. Después, Alejandro Magno y su ejército, junto con el rey Poro decidieron separarse cuando se encontraron con dos ancianos que afirmaban saber donde había un bosque hechizado. Sólo Alejandro y miles de sus hombres se dejaron guiar hacia dicho lugar, el resto volvió para Fasiáke. En aquella aldea el sacerdote les contó la famosa leyenda que decía que los árboles del bosque sólo crecían en los eclipses de sol y luna. Debido a esto, ambos podían contestar preguntas sobre lo que quisieran con una única condición: estar libre de yacer tanto con un hombre como con una mujer. Además, el árbol del sol sólo contestaba al amanecer y el de la luna al anochecer, por lo que tendrían que esperar. El del sol contestaba en griego y en indio, pero el de la luna sólo en griego.

Esperaron a la llegada del sol y el sacerdote les pidió que mirasen a lo alto e hicieran la pregunta en silencio, para sí mismos. Alejandro Magno preguntó si regresaría a casa triunfante y el árbol le contestó que sería el señor del mundo, pero que no viviría para verlo. La respuesta le provocó tanta tristeza que decidió esperar para preguntarle más al árbol de la luna. En esta ocasión preguntó que dónde moriría y el árbol le contestó que moriría en el noveno mes en Babilonia a manos de alguien jamás se esperaría. Al escuchar esto, tanto él como sus amigos comenzaron a llorar desconsoladamente y no se dieron por vencidos, decidieron hacer una última pregunta de nuevo al árbol del sol. Preguntó quién le mataría y qué pasaría con su familia. El árbol le contestó que no podía decirle quién era la persona, sólo que alguien le envenenaría en poco menos de dos años. Además, su madre moriría sin tener santa sepultura ni ningún trato de favor con su cadáver. Sin embargo, sus hermanas podrían seguir con su vida. Al juntarse con todos los soldados decidió no contarles nada y continuar con la marcha por las Indias, guardando así el secreto sólo con sus amigos más íntimos.
  • Abuelo, ¿Pero nunca se lo contó a nadie más ni intentó descubrir quién le mataría?
  • Sí, seguramente, pero ese era su destino. Por más que intentara cambiarlo no lo lograría. Y así fue, al año fue envenado en Babilonia, tal y como le habían dicho los árboles mágicos.
  • Pero entonces murió… - dije desilusionado pensando que el gran Alejandro Magno lograría superar su propio destino.
  • No, no murió. Ahora mismo está vivo en nuestro recuerdo y siempre lo estará gracias a todo lo que dejó en vida, a su recuerdo. Es decir, tu cuerpo será tan efímero como tu vida terrenal, pero tu alma será eterna gracias al recuerdo que provoques en los demás.